Todos han salido de su particular armario, buscando una visibilidad que les ayude a evitar la enfermedad social, la que infecta a los ciudadanos de a pie, a esos que siempre niegan ser racistas pero que tienen miedo de los 'sidosos', que no quieren que sus hijos compartan aula con un niño infectado por el VIH, que se niegan a trabajar con un seropositivo.
Ser visible, afirma Michael, mejora la calidad de vida. Y también supone combatir una enfermedad que provoca miedo. No solo a ellos mismo, sino a otros muchos que no se atreven a decirlo. Hay razones para ello: está el terror a ser tratado el último en el médico de cabecera; él pánico a que los hijos no tengan plaza en el colegio; el horror ante un posible despido; el enfado y la frustración ante la negativa de un banco a conceder un crédito. O, por no irse tan lejos, el simple y puro miedo a ser abandonado por la pareja, olvidado por los “amigos” y juzgado por cualquiera.