A medida que el número de personas con exceso de peso aumenta, la preocupación social por la obesidad crece. Los médicos alertan sobre las graves consecuencias que la obesidad puede producir y se publican estudios que nos hablan de cifras y porcentajes. La OMS estima que 250 millones de personas en el mundo son obesos: en EE.UU, más del 50% de la población adulta padece exceso de peso; en Europa, el porcentaje de obesidad oscila entre el 15 y el 25% según los países, siempre con un mayor predominio en la mujer.
Lo preocupante, al margen de las cifras, es que sobre este aspecto de la salud del individuo muchos desaprensivos opinan, y a veces intervienen sin fundamento y sin capacitación, interfiriendo en la calidad de vida y la consideración social del obeso. En este sentido, es importante la distinción entre sobrepeso y obesidad, que se realiza a partir del índice de masa corporal (IMC). Este índice se calcula dividiendo el peso en Kg. por la altura en metros al cuadrado. Hablamos de sobrepeso cuando el acumulo de grasa es superior al deseable en pequeña proporción, siendo el IMC entre 25 y 29,9; y de obesidad cuando el acumulo de grasa es importante o grave, siendo el IMC igual o superior a 30. El límite entre uno y otro es arbitrario pero útil, puesto que las consecuencias y el tratamiento del exceso de peso no son los mismos que los de la obesidad
La persona obesa acaba sintiéndose anormal y muchas veces culpable de esta anomalía. ¡Cuántas personas obesas no comen prácticamente nada cuando están en público! Se sienten observadas e inevitablemente juzgadas, ven en la mirada de los “otros” un pensamiento único: está gordo porque come, si no comiera no estaría así. Y es cierto, si no comiera no estaría gordo. Lo que no piensan los “otros” es que tal vez existen razones biológicas para que un individuo esté gordo y otro no lo esté. El desarrollo de la obesidad es un proceso complejo; nadie se vuelve obeso de la noche a la mañana. A menudo la obesidad es un largo camino que el sujeto obeso recorre solo o mal acompañado. Habitualmente, la obesidad comienza con un sobrepeso moderado que, bien por falta de atención o por tratamientos inadecuados, evoluciona progresivamente hacia un acúmulo de grasa cada vez mayor. Si este proceso no se detiene, la persona puede llegar a almacenar 25, 50, o hasta 100 kg. de grasa, llegando a lo que se denomina obesidad mórbida.
La primera piedra en el largo camino de la obesidad acostumbra a ser la herencia. Recientemente, más de 10 genes distintos se han relacionado con la aparición de obesidad, pero hace más de 50 años que Mayer, un gran estudioso del tema, describía la obesidad como un hecho biológico con base genética. Permite que en situaciones de precariedad alimenticia, aquellos que son capaces de almacenar reservas, los obesos, puedan sobrevivir, mientras otros, los delgados, mueren. No había obesos en los campos de exterminio, es cierto, sin embargo es probable que los primeros en morir fueran los delgados. Ahora bien, ni todos los sujetos con predisposición genética desarrollarán obesidad, ni puede asegurarse que todos los casos de obesidad tienen una herencia determinante. El problema para la persona potencialmente obesa aparece cuando en vez de precariedad hay abundancia o superabundancia de alimentos; el problema crece cuando, además, estos alimentos son hipercalóricos y muchas veces poco nutritivos, y el problema se desorbita cuando no hay forma de “quemar” este exceso de calorías porque la actividad física esta muy limitada.
La evolución social y cultural de los seres humanos se produce con una rapidez que supera en mucho la capacidad de evolución biológica. La evolución de las formas de vida en el último siglo ha sido extraordinaria. Los ciudadanos de los países desarrollados han disminuido alarmantemente su actividad física: han pasado de ir a pie a ir en coche a todas partes, han cambiado el trabajo físico por el intelectual y han alterado notablemente sus hábitos alimentarios. Han dejado de cocinar y comer los alimentos tal como hacían sus antecesores y ha adoptado las pautas alimenticias ajenas. La publicidad ha distribuido y magnificado estilos de vida y alimentación que son poco saludables. Todo ello ha repercutido en el aporte y consumo de substratos energéticos (alimentos), con lo cuál una característica genética favorable de un grupo de individuos, los capaces de ahorrar energía, ha ido transformándose en un obstáculo para su integración social y su salud.
Hay situaciones a lo largo de la vida del individuo, especialmente en la mujer, relacionados con cambios metabólicos y hormonales (pubertad, embarazo, lactancia o menopausia) que pueden favorecer la aparición de un sobrepeso que no existía previamente. Es muy frecuente que la mujer refiera como punto de partida del sobrepeso su primer embarazo. Hay mujeres delgadas que desarrollan obesidad a partir de la menopausia, y hay adolescentes que empiezan a engordar coincidiendo con la pubertad. Hay personas sin antecedentes familiares de obesidad, que se vuelven obesas a partir de un tratamiento hormonal o de otro tipo, y el envejecimiento es causa de una marcada disminución en el metabolismo energético, lo que favorece el cúmulo de grasa. Existen por tanto múltiples situaciones que predisponen al desarrollo de la obesidad, incluso en individuos genéticamente no predispuestos. Por otro lado, los tratamientos dirigidos a reducir peso pueden contribuir si no son correctos al desarrollo de obesidad, ya que existen dietas milagrosas que consiguen convertir un sobrepeso moderado en una obesidad resistente, y fármacos que pueden favorecer el desarrollo de obesidad, u otros que ayudan a corregirla.
La obesidad es un síndrome, no una enfermedad. Es un compendio de situaciones más o menos biológicas, mas o menos patológicas, que conducen a un acúmulo excesivo de reservas energéticas en forma de grasa. Es decir, no existe una obesidad, sino múltiples obesidades. Hay que concebirla como la manifestación de un desajuste metabólico y entender que este desajuste puede producirse por diversas causas y a través de varios mecanismos. No tiene el mismo pronóstico una obesidad que se inicia en la infancia, que la que se manifiesta a partir de la menopausia. No es igual la obesidad por excesivo acúmulo de grasa abdominal, que la generalizada. No es lo mismo una obesidad que se acompaña de enfermedades asociadas (diabetes, hipertensión, dislipemias, apneas del sueño…) que una obesidad sin ellas. La obesidad en sí misma puede no ser una enfermedad, pero probablemente acabará acompañándose de enfermedades o incluso produciéndolas si persiste o alcanza grados exagerados. Por tanto, sean cuales sean las causas y los mecanismos del exceso de peso, éste acaba pasando factura en la salud de la persona que lo presenta. Puede afectar a las articulaciones, produciendo o agravando artrosis de rodillas, complicación muy frecuente en la obesidad femenina. Puede afectar a nivel cardiaco o respiratorio, complicando y agravando afecciones cardiorrespiratorias preexistentes o también predisponiendo a determinados tipos de cáncer (el de mama y el de matriz son más frecuentes en las mujeres obesas que en las delgadas).
Si la obesidad no es única sino múltiple; si las causas son diversas y los mecanismos poco conocidos, es evidente que la aproximación a su tratamiento debe ser cautelosa y prudente. En primer lugar, es importante que la persona acuda al médico para realizar un diagnóstico lo más objetivo posible de la causa o causas y de los mecanismos que han permitido su desarrollo. El diagnóstico correcto, además de ser útil para la indicación terapéutica, servirá para desculpabilizar al paciente. En segundo lugar, es importante indicar el tratamiento adecuado a cada tipo o fase de obesidad, informando al sujeto obeso del alcance de dicho tratamiento, de las consecuencias y de los distintos profesionales que deberán intervenir en él. En tercer lugar, hay que proporcionar el soporte psicológico y ambiental adecuado para que el paciente pueda seguir las recomendaciones terapéuticas. En cuarto lugar, tanto el médico como el paciente deben concienciarse que se trata de un proceso crónico y, por tanto, los resultados han de ser valorados siempre a largo plazo; sólo así puede garantizarse que la elección de una forma de tratamiento es la óptima para aquel individuo.